Gáldar la vio crecer con una bandurria entre las manos antes de que cumpliera cinco años. Décadas después, Ana Gil acumula una trayectoria que va desde la Banda Sinfónica Municipal de Las Palmas de Gran Canaria hasta el escenario íntimo de su proyecto en solitario, Ad Libitum, donde la voz y el clarinete conviven por fin en el mismo discurso artístico. En el programa ‘La Ruta de la Seda’ de Radio Las Palmas, que dirige José Luis Trenzado, la músico habló de raíces, de incertidumbre y de la extraña alegría de empezar a componer.
Ana Gil y José Luis Trenzado, durante la entrevista en el estudio 1 de Radio Las Palmas dentro del programa La Ruta de la Seda.
De la bandurria al clarinete
La música llega muy pronto a tu vida. ¿Qué recuerdas de aquellos primeros años?
Hay tres imágenes que tengo muy nítidas. La primera, yo con cuatro años sosteniendo una bandurria que era más grande que yo, rodeada de amigas que empezaban conmigo. La segunda son las procesiones con la Banda de Gáldar, verano tras verano; entré con nueve años tocando el requinto porque aún no me llegaban los dedos al clarinete. Y la tercera son las romerías y los bailes de taifa con la Agrupación Folclórica Noroeste Guiense. Esos tres mundos me hicieron.
Mucha gente elige el piano. ¿Por qué el clarinete?
Dos razones, y ninguna de las dos fue especialmente romántica. Mi hermana mayor, Nati, lo tocaba antes que yo y tenía para mí un peso enorme como referente. Y además la Escuela de Música de Gáldar estaba pensada para nutrir la banda, así que los instrumentos que asignaban a los alumnos eran los que más faltaban. El clarinete era uno de ellos. Esas dos pequeñas circunstancias decidieron mucho.
¿Hubo algún momento en que dudaste de si la música podía ser una forma de vida?
Bastantes. Sobre todo durante los años del conservatorio superior, cuando la incertidumbre era constante. Llegué a pensar en dejarlo, pero siempre me frenaba la misma razón, que era haberle dedicado demasiados años como para rendirme entonces. No fue una decisión heroica, fue más bien una resistencia tranquila. Y el camino fue tan natural que nunca terminé de sentirlo como una renuncia a nada.
Más allá del escenario
Tienes un máster en Dirección y Gestión de Industrias Culturales. No es el perfil habitual de una intérprete. ¿En qué cambia esa formación la manera de construir tu carrera?
Cuando uno dice que quiere vivir de la música, la gente imagina al artista en el escenario, y punto. Pero detrás de cualquier concierto hay un equipo enorme y una lógica de producción que si no entiendes, dependes siempre de otros. A mí siempre me ha gustado organizar, ver cómo se articula algo desde dentro. Esa formación me dio vocabulario para lo que ya hacía por intuición y, sobre todo, dotó de más solidez a los proyectos que quería emprender.
Encantadoras fue uno de tus grandes aprendizajes vocales. ¿Qué dejó en ti ese grupo?
Entré con dieciocho años y salí siendo una músico completamente distinta. El repertorio latinoamericano que descubrí con ellas sigue formando parte de lo que soy hoy; fue como abrir una ventana que no sabía que existía. Y luego estaban los arreglos, que eran de una complejidad vocal notable. Montar un tema con Encantadoras requería un esfuerzo real, pero era de ese tipo de esfuerzo que te agranda.
Formas parte de la Banda Sinfónica Municipal de Las Palmas. ¿Crees que Canarias ofrece una salida profesional real a los músicos de viento?
La insularidad no ayuda, eso es un hecho. Y si hablamos de agrupaciones con una programación anual estable que te den cierta comodidad económica, la lista es muy corta: la Orquesta Filarmónica, la Banda Municipal de Las Palmas y la de Telde. El resto es trabajo por proyectos, buscarse la vida de aquí y de allá. Es una realidad que no tiene mucho glamur pero que conviene nombrar.
Ad Libitum, el proyecto propio
¿En qué momento decides dar el paso hacia un proyecto tan personal como Ad Libitum?
La inquietud llevaba tiempo rondándome, creo que desde 2019. Necesitaba un espacio donde poder preguntarme qué tipo de artista quería ser, y la respuesta tomó la forma de un quinteto de cuerda donde yo pudiera cantar y tocar al mismo tiempo. Lo que llevaba años haciendo por separado. El primer concierto fue en 2021 o 2022, en Gáldar, en casa. Y Nati estaba en el público, claro.
El nombre «Ad Libitum» significa a placer, a gusto. Hay incluso una historia detrás de ese nombre, ¿verdad?
Tenía muchas propuestas encima de la mesa y ninguna me convencía del todo. Hasta que me di cuenta de que llevaba la respuesta tatuada en la espalda, literalmente. Ad Libitum lo tengo tatuado por otras épocas y otras razones, pero de repente encajó perfectamente con lo que estaba construyendo, que no era otra cosa que hacer algo por primera vez tomando yo las riendas, a mi manera. Que sea una expresión en latín un poco raruna me importa bastante poco.
«Arrorró» es el primer original de Ad Libitum. ¿Cómo nació esa canción?
Fue un juego entre Caterina Trujillo y yo. Así de sencillo. Llevábamos tiempo hablando de qué queríamos decir y un día nos pusimos a escribir sin más pretensión que pasarlo bien. El resultado, con los arreglos de Eduardo Purriño, es algo que para mí ya tiene un valor muy especial, más allá de lo que pueda parecer desde fuera. Es la puerta de entrada a una etapa en la que busco un lenguaje propio sin olvidar de dónde vengo.
Otros frentes abiertos
Además de Ad Libitum, participas en Kanarii y en un proyecto con el timplista Althay Paez. ¿Cómo gestionas tantos frentes a la vez?
Ahora mismo el grueso de mi energía va hacia Ad Libitum, pero hay proyectos que sencillamente no soy capaz de soltar. Kanarii nació en 2022 a partir de una propuesta de una productora de Tenerife, y es algo muy diferente a Encantadoras, más orientado a la música actual; comparto esa aventura con Jacqueline García. Y con Althay Paez, que es un gran timplista majorero, colaboro poniendo voz a algunas piezas de su proyecto instrumental. Cada uno me da algo distinto.
Antes de acabar, me gustaría que me hablaras del proceso creativo, porque es algo que no hemos tocado.
Estoy aprendiendo, eso ante todo. Siempre escribí coplas para folías o isas, pero esto es diferente. Me lo estoy tomando como un juego, aprendiendo de quienes ya tienen ese camino recorrido y dejándome sorprender por lo que va saliendo. El juego es la mejor forma de aprendizaje, seas niña o seas adulta. La letra de Arrorró nació jugando con Cati una tarde, sin más agenda que ver qué pasaba.
¿Qué viene después de Arrorró?
Más canciones, eso seguro. La idea es ir publicando temas a lo largo de este año y del próximo hasta conformar un repertorio que de verdad cuente algo nuevo. No sé exactamente adónde va a llevarme todo esto, y eso es justo lo que más me gusta del momento en que estoy.
Ana Gil interpreta ese día en el estudio, a capela y sin más aviso, un fragmento de Arrorró. Se hizo el silencio unos segundos. Luego, alguien aplaude.