Al ritmo del té

Una reflexión en favor de la dedicación, la atención y la pausa

Opinión

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Hubo una época en que le dábamos su tiempo a las cosas, como a las acciones y a las personas. Más pausa que arrebatos. Preferíamos leer un libro al ansia de haberlo terminado. Disfrutar de un concierto o un viaje en vez de hartarnos a la mitad por la idea de hacer algo diferente. Cuestiones tan simples como preparar un té, conllevaba un proceso: la elección de la taza, el agua calentada o hervida y sumergir las hojas para que infusionen durante un puñado de minutos.
La marca británica PG, con experiencia desde 1930 y que trabaja el té negro, popularizó sus bolsas con forma de pirámide. Delicadas al tacto y resistentes al agua caliente, superaban largamente a lo convencional de las bolsitas filtrantes por el material y el diseño. 4 caras triangulares, 4 vértices y 6 aristas: un tetraedro para emular a una tetera tradicional; por tanto, aseguraban un mejor sabor y aroma, además de conservar las propiedades del tratamiento de las hojas secas. La gran condición para la garantía de calidad era meramente temporal: dedicarle tres a cinco minutos al infusionado.
Como toda marca que intenta mantener su liderazgo en el mercado de un siglo a otro, PG hizo estudios para conocer la conducta de las generaciones recientes. Constataron que los nuevos públicos no tenían interés en dedicar un puñado de minutos a la preparación de un té. Aquellas formas de espera o contemplación eran prácticas del pasado.
Así como ha menguado el tiempo que le dedicamos a las cosas, las acciones o las personas, sucede lo mismo con la atención. Gloria Mark, psicóloga de la Universidad de California, enfocó sus investigaciones en la media temporal que se le dedica a una sola pantalla. Sus datos son un reflejo y explicación del siglo XXI: en 2004, la atención continua podía llegar a dos minutos y medio (150 segundos), pero en 2012 cayó al minuto y cuarto (75 segundos). A la fecha, todo se ha desplomado a unos 40 segundos, con un máximo de 47 segundos por pantalla. Este declive de la atención, sostenido y en picado, afecta el modo en que estudiamos y trabajamos, además de la manera en que nos entretenemos y relacionamos.
Gana terreno la cultura del fragmento, con una imparable desatención a lo demás y los demás.
Ante todo, cabe recordar que fuimos una especie acostumbrada a buscar, ya sea el alimento para sobrevivir o el conocimiento para el bienvivir. Los saberes los buscábamos en las personas mayores por su experiencia, en los libros por su contenido y en los expertos por su especialización en las diversas materias; incluso, cuando dejamos de priorizar al prójimo o las publicaciones, fuimos hacia los motores de búsqueda en Internet con las diversas opciones para elegir entre lo que arrojaba Wikipedia o los enlaces de Google. Nuestros procesos de búsqueda podían llegar a ser colaborativos. De esto ya no queda tanto. De acuerdo con Statcounter, la cuota de mercado global de Google cayó al 90 %, ya que la humanidad está haciendo una transición a los asistentes de inteligencia artificial y afianzándose en las redes sociales (sobre todo entre los jóvenes). Entonces, dejamos atrás la era de búsqueda, en que tomábamos decisiones sobre el conocimiento, para ahogarnos en la era de la respuesta, en que la máquina decide por nosotros los saberes que resume y genera al instante.
En PG optaron por un cambio, después de haber conseguido que su formato de pirámide fuera el emblema de la marca: plantear uno con las características de la bolsita filtrante, aunque grande y cuadrangular para que las hojas secas tengan espacio para infusionar. Tal como se puede hablar de adaptación, se puede hablar de rendición. El ajuste a los nuevos públicos, a riesgo del sabor tradicional y el aroma distintivo, les permitió bajar significativamente el tiempo de preparación: de un puñado minutos a solo uno.
Me resisto a imaginar un mundo en que la atención se extingue, las respuestas estén dadas para generar las preguntas y la práctica dominante sea la alta velocidad. De tan apurados, hemos alcanzado al futuro en que la gente ni siquiera se concede el plazo rutinario para un buen té. A contracorriente, yo prefiero hacer como el personaje de Pérez Galdós en la segunda serie de los «Episodios Nacionales», cuando dice “vísteme despacio, que estoy de prisa...”. Calma y cuidado; además, incidir en la búsqueda, para buscar una vida de parsimonia reflexiva y compartida. No apurar, que así el té astringente, antioxidante y mesuradamente estimulante queda mejor.

Juan Manuel Chávez

Vicerrector de Extensión y Vida Universitaria de la Universidad del Atlántico Medio (Gran Canaria), donde además dirige el Grado en Comunicación. Es doctor en Lenguas, Literaturas, Culturas y sus aplicaciones por la Universitat de València y la Universitat Politècnica de València, con mención internacional.

Durante años, condujo espacios radiofónicos sobre libros, arte y cultura en su país natal; asimismo, ha reflexionado en torno a la dimensión social de la radio en artículos como “Cultura en la radio” para la revista ILA. Das Lateinamerika-Magazin de Alemania y el escrito con que ganó el Premio de Ensayo de Radio Universidad Nacional Autonómica de México.

Escritor e investigador con más de una docena de títulos en crónica, ensayo, cuento y novela, una de los cuales le valió la mención especial del Premio Nacional de Literatura en Perú; además, colabora en medios escritos como la revista Cocktail y el diario Canarias7. Ha formado parte de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universitat de Barcelona y colaboró en proyectos de divulgación sobre estilos de vida, vivienda, turismo y migración para OBS Business School. Entre sus libros de transferencia de conocimiento más recientes destacan Juan Bautista Túpac Amaru. El dilatado cautiverio (2021) y Un idioma para la integración social (2022).