Polvo en los zapatos (cosas de la vida)

Opinión

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A principios de la década de 1950, siendo aún un niño, junto con mi familia nos trasladamos desde Telde hasta la recién nacida barriada de Schamann en la Ciudad Alta de Las Palmas de Gran Canaria. Fue así como me convertí en testigo directo de la creación y evolución de un barrio que, en la actualidad, presume de identidad propia, una comunidad unida por valores solidarios, una realidad fundamentada en su estrecho vínculo con la literatura de Don Benito Pérez Gáldos y el orgullo de un pequeño comercio tradicional frente a la frialdad de las grandes superficies comerciales. 

 

Con anterioridad a mi llegada y a mediado de los años 40, fue cuando aquella fracción de loma se convirtió en un proyecto de viviendas en expansión. Pero… lo que al comienzo iba a ser una urbanización residencial de alto standing, se transformó en un cobijo obrero.

 

Época lejana en la que la fisonomía de la loma alta se asemejaba al lienzo de un cuadro en blanco; un horizonte casi vacío donde apenas se dibujaban unas pocas casas.

 

Schamann, el sueño colectivo de cientos de familias grancanarias procedentes del campo o de los sectores más humildes, que autoconstruyeron sus propias viviendas o accedieron a planes de protección oficial (como fue el caso de mis padres).

 

Quienes fuimos los primeros en habitar aquella loma de tierra colorada, guardamos en la memoria una estampa agreste de horizontes abiertos, rodeado de praderas desnudas por todo el contorno; dícese de Schamann, Las Rehoyas y el Lomo del Polvo (Escaleritas), todas ellas lomas semidesérticas, fincas de cultivos y hierbajos; territorios que con anterioridad mayormente pertenecieron al antiguo municipio de San Lorenzo. 

 

Schamann, paraje donde el viento soplaba limpio sin encontrar refugio ni obstáculos, en la que la naturaleza se mostraba en su estado más puro y vulnerable. Una prominencia de terrenos despejados y expuestos al cielo infinito, mientras el contorno de la ciudad baja y el puerto nos parecía un mundo lejano y ajeno, como si no nos pertenecieran. 

 

A ras del suelo.

Al mediados de la referida época y sobre 1955, personalmente mantuve una guerra personal y silenciosa contra la carretera polvorienta y abrupta que pasaba por delante de mi casa. Nosotros vivíamos en una calle que, durante muchos años, como tantas otras, permaneció en el olvido del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, estaba sin asfaltar, era un camino de tierra, polvo y piedras, carretera que cuando llovía se transformaba en un auténtico barrizal. 

 

Aquella calle y sus encrucijadas eran tan polvorientas que parecían un tramo del mismísimo desierto del Sahara. 

 

Ya desde niño me molestaba llevar los zapatos sucios. Tan solo por llevar una mota de polvo en la punta del zapato me amargaba el día, no soportaba verlos así, por lo que me sentía obligado a tener que pelearme contra aquel desbarajuste. 

 

Para limpiar los zapatos, tarea que realizaba cada mañana antes de ir a clase. Primero procedía a quitarle el polvo con un cepillo, luego aplicaba betún sobre la piel, para a continuación distribuirlo con el cepillo por toda la superficie exterior del mismo, acabando con un cepillado. El paso siguiente consistía en frotarlos con una bayeta o paño viejo, hasta que la piel quedara brillante. ¡Vamos!, impecable a la vista. molestaba hasta el límite de perder mi paciencia, pues esto pasaba en cuestión de segundos, de la satisfacción de la limpieza, al enfado absoluto, transformando mi resignación en una rabia contenida difícil de frenar.

 

Cada día me esperaba una larga caminata desde Schamann hasta la calle Canalejas. Emprendía el trayecto desde mi propia calle, caminando por el lateral de las ‘casas baratas’ (de dos pisos), pasar por el lateral del Colegio Público García Escámez, el Barrio de San Antonio (descendiendo infinidad de escalones, peldaños que en mis mejores tiempos los bajaba de dos en dos), hasta conectar con el inicio del Paseo de Chil (Plaza del Pino). Tras recorrer y cruzar diversas calles, llegaba a la conocida por aquella época como la Escuela de Maestría Industrial, donde yo estudiaba.

 

Posteriormente este emblemático inmueble pasó a llamarse Instituto de Formación Profesional, (IFP) Politécnico, nombre adoptado tras las reformas educativas de los años 70, en la actualidad ocupado por el IES Politécnico Las Palmas. 

 

Por lo general los zapatos que usaba eran de color negro. Por aquel entonces apenas usaba zapatos marrones, que eran la otra alternativa, época en la que solamente poseía dos pares, los más nuevos para los domingos, y los otros para el uso diario. Mi problema se duplicaba, ya que iba a clases dos veces el mismo día, una de mañana y otra de tarde, razón por la que me veía obligado a tener que repetir la misma rutina de limpieza dos veces al día. 

 

Visto desde fuera, lo que empezó como una simple tarea doméstica se transformó con el paso de los años, en un ritual y en una desconcertante obligación cotidiana.

 

Mí realidad era que, al abrir la puerta principal de mi casa, salir al porche, bajar los escalones del portal, y pisar la acera para cruzar la calle, bastaba con que diera el primer paso fuera de la misma, uno solo; para que en ese mismo instante mí bienestar mañanero concluyera con el típico cabreo. Ese incidente me  

 

Una buena parte de mi vecindario y yo compartíamos una dolorosa sensación de impotencia frente al entorno, la cual se debía a la existencia de pocas calles asfaltadas. A diario, obligatoriamente teníamos que pisar algunas de las interminables y voraces vías polvorientas que nos dejaban los zapatos completamente cubiertos de polvo. En este momento, las únicas calles que recuerdo que estuvieran asfaltadas en algunos tramos era la de Pedro Infinito (zona comercial abierta) y Alceste.

 

A decir verdad, a veces, salía a la calle conteniendo el aliento, intentando levitar o caminar de puntillas sobre las piedras sueltas. Pero… era inútil, la carretera me terminaba ganando. En menos de tres segundos, el negro reluciente se transformaba en un color deslucido y opaco, o sea, se llenaban de una capa blanquecina. 

 

A veces, a mitad del camino me quedaba quieto, con los puños cerrados contemplando el espectáculo de los zapatos, estaban completamente deshechos, mientras yo me sentía impotente y repleto de ira.

 

Por la textura de la tierra, lo peor sucedía en el invierno, el suelo se convertía en un laberinto de charcos y fango intransitables, que me dejaba indefenso frente al entorno callejero, pues nada más poner un pie en la calle me encontraba sorteando los charcos de agua y el denso barro acumulado. 

 

Si los zapatos sucios eran una batalla perdida, la lluvia convertía el camino en una auténtica pesadilla. Aquellas calles de tierra se transformaban en un barrizal denso y pegajoso. El agua creaba una pasta marrón que se adhería a las suelas y la piel, obligándome a llegar a la escuela no solo sucio y mojado, sino también con los pies empapados y pesados por el barro. Antes de entrar a clase, ya estaba quitándome el barro acumulado entre la suela y el tacón, y lo hacía puesto de pie, raspando la suela contra los bordillos de las aceras de la calle Canalejas. 

 

La rutina diaria de limpieza me llevó a odiar tanto a la lluvia como al barro y al polvo. Antes de doblar la esquina de mi calle, ya sentía que la carretera me iba a arrebatar mi dignidad, condenándome a cargar el resto del día con una dolorosa derrota pegada a mis propios talones. 

 

Los zapatos limpios para mí significaban orden; mientras que, si estaban sucios, eran el vivo reflejo del caos.

 

Aquella calle de tierra terminó siendo una ofensa personal, pues el simple hecho de salir de casa se convertía en un auténtico calvario. La cruda realidad era que, el polvo invasivo y continuo no pedía permiso: se filtraba por todas partes, trepaba desde las suelas de los zapatos y terminaba por cubrir por completo los zapatos y parte de los calcetines (había dejado de usar el pantalón corto por el largo, norma social de la época). 

 

Todo cambió a finales de la década, cuando comenzó a edificarse la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores y su elevada torre de 33 metros de altura; la atrevida aguja arquitectónica que apunta al cielo grancanario. 

 

Marcando esta edificación un antes y un después en la barriada palmense. Iglesia inaugurada el 19 de marzo de 1959, día de San José, por entonces festivo, obra del arquitecto catalán Joan Margarit Serradell (Barcelona, 1908 - 1997) y bendecida por el controvertido obispo guipuzcoano Dr. Don Antonio Pildaín y Zapiain. Acontecimiento que terminó por adecuar y reestructurar todo el entorno de la iglesia, afectando de lleno a mi calle, Los Ayacuchos y las demás adyacentes. Todas ellas terminaron por asfaltarse, con lo cual terminó mi particular guerra silenciosa contra la carretera de tierra, polvo y piedras, dando un golpe definitivo al desarrollo de una comunidad ‘schamanera’ que ya por entonces crecía a pasos agigantados.

Vicente Cruz Medina