¿Suerte?

Opinión

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La suerte: de la diosa Fortuna al algoritmo

Hay una frase que suele ir acompañada de un movimiento urgente de manos: «A mí, por ahora, todo me va bien». Apenas la pronunciamos, buscamos algo de madera. Una mesa, una puerta, el brazo de una silla. Acabamos de presumir delante del destino y conviene tomar precauciones.

Nos consideramos personas modernas, razonables y bastante informadas. Pero tampoco cuesta tanto cruzar los dedos. ¡Por si acaso!

La relación de la humanidad con la suerte tiene mucho de eso: intentar llevarnos bien con lo que no podemos controlar. Hemos recurrido a dioses, amuletos, rituales y cálculos matemáticos. Ahora también intentamos averiguar a qué hora debemos publicar una foto para que el algoritmo se acuerde de nosotros.

Cambian los instrumentos. La incertidumbre sigue dando trabajo.

 

Una diosa para presentar las reclamaciones

Los griegos tenían a Tique y los romanos a Fortuna, figuras que personificaban los cambios de fortuna. La prosperidad podía llegar y también marcharse sin pedir permiso.

Fortuna aparecía representada, entre otros atributos, con una cornucopia, símbolo de abundancia, o con un timón, asociado al rumbo de los destinos humanos.

Ponerle rostro a lo imprevisible tenía sus ventajas. Si una cosecha salía mal o un negocio se torcía, al menos había alguien a quien dirigir la queja. Ahora nos toca escuchar una grabación: «Su reclamación es muy importante para nosotros».

La rueda de la Fortuna, muy presente en la cultura medieval, ofrecía una advertencia fácil de entender: hoy estás arriba y mañana puedes estar abajo.

Una enseñanza que conserva toda su actualidad. Hoy tienes despacho propio y mañana estás explicando en una entrevista de trabajo que buscas nuevos retos.

Eso sí, la rueda también dejaba espacio para la esperanza: quien estaba abajo podía volver a subir.

Yo no creo, pero…

Pocas expresiones resumen mejor nuestra relación con las supersticiones que «yo no creo, pero por si acaso».

Por si acaso tocamos madera. Por si acaso conservamos aquella prenda con la que nos salió tan bien un examen. Y por si acaso no cambiamos nada cuando nuestro equipo lleva varias victorias seguidas.

El origen exacto de muchos de estos gestos es menos seguro de lo que cuentan las historias populares. Cruzar los dedos suele relacionarse con la cruz cristiana o con antiguos rituales, pero esas explicaciones no están suficientemente documentadas.

Con tocar madera ocurre algo parecido. Se habla de espíritus protectores de los árboles, de la madera de la cruz y, en la tradición británica, de un juego infantil en el que tocar madera permitía ponerse a salvo.

Tenemos más seguridad al practicar el gesto que al explicar de dónde viene.

Los amuletos añaden otra pregunta interesante. ¿Cómo llegó alguien a la conclusión de que una pata de conejo daba buena suerte? Al conejo, desde luego, no parece que le resolviera gran cosa.

 

Cuando el azar empezó a hacer cuentas

En 1654, los matemáticos Pascal y Fermat intercambiaron cartas sobre problemas relacionados con los juegos de azar. Aquellas conversaciones fueron un hito en el desarrollo de la teoría de la probabilidad.

Entre las cuestiones que estudiaron estaba cómo repartir el dinero de una partida interrumpida antes de terminar.

Es reconfortante saber que una aportación tan importante al conocimiento también tuvo que ver con aclarar quién se llevaba las apuestas.

Las matemáticas nos ayudaron a comprender mejor el azar, aunque no consiguieron acabar con nuestras intuiciones equivocadas.

Si una moneda equilibrada cae cinco veces seguidas de cara, tendemos a pensar que ya toca cruz. Pero la moneda no lleva la cuenta ni siente la obligación de compensar a nadie.

Tampoco un número de lotería tiene más probabilidades de salir porque nos resulte bonito. Una cosa es que nos guste el número y otra que el bombo comparta nuestros gustos.

 

Mi éxito, tu suerte

La suerte también cambia de nombre según a quién le ocurra algo bueno.

Si conseguimos un contrato, recordamos nuestra preparación, el esfuerzo y las horas dedicadas. Si lo consigue el vecino, recordamos que conocía a alguien.

«Lo mío ha sido constancia. Lo suyo, estar en el sitio adecuado».

En realidad, los resultados suelen mezclar trabajo, capacidades, ayuda de otras personas, condiciones de partida y acontecimientos que no elegimos.

Reconocerlo no resta mérito al esfuerzo. Nos ayuda a contar nuestra historia con un poco más de humildad y a juzgar con menos ligereza la de los demás.

Casi todos podemos recordar una conversación inesperada, una recomendación o una coincidencia que abrió una puerta importante. Luego, al contarlo, ordenamos los acontecimientos tan bien que parece que lo teníamos previsto desde pequeños.

 

Del templo a la pantalla

La comparación entre Fortuna y el algoritmo tiene su gracia. Antes buscábamos el favor de una diosa; ahora buscamos que una plataforma enseñe nuestras publicaciones.

«Publica temprano». «No pongas enlaces». «Usa esta palabra». «Esta semana mejor vídeo».

Y si nada funciona, siempre queda una explicación: ha cambiado el algoritmo.

La diferencia es que los algoritmos son sistemas diseñados por personas y organizaciones. Pero cuando desconocemos sus reglas, resulta fácil rodearlos de pequeños rituales.

Si una publicación funciona un martes mientras llevamos una camisa amarilla, conviene esperar antes de comprar otras siete camisas iguales.

 

Con los pies en el suelo y los dedos cruzados

¿Podemos hacer algo para tener más suerte? Podemos aprender, conocer personas, probar caminos y prepararnos para aprovechar oportunidades. Enviar una propuesta no garantiza que nos contraten, pero dejarla para siempre en borradores tampoco ayuda.

También hay circunstancias que pesan mucho y que no elegimos. Por eso resulta injusto afirmar que cada persona fabrica toda su suerte.

Podemos actuar sobre una parte de lo que nos ocurre. Otra parte seguirá sorprendiéndonos.

Tal vez por eso resulta tan humana la ceremonia de bautizar un barco rompiendo una botella contra el casco: después de los cálculos, la construcción y las revisiones, todavía reservamos un momento para desearle buena fortuna.

La imagen resume bastante bien nuestra relación con el azar: hacemos cuanto podemos y luego buscamos un gesto que nos tranquilice.

Y ahora que hemos llegado al final sin contratiempos, toquemos madera. Sería una pena tentar a la suerte en el último párrafo.

Carlos Jiménez Cabrera

Carlos Jiménez

Formador y consultor especializado en el desarrollo del Liderazgo y Trabajo en Equipo. Casi 40 años de trayectoria acompañando a personas y organizaciones en procesos de cambio profundo y sostenible. He fundado y liderado más de 30 proyectos en ámbitos empresariales, sociales y deportivos, y he acompañado a más de 500 iniciativas como mentor, consultor y formador, siempre con el propósito de generar impacto real y cambios transformadores.
Autor de seis libros sobre Liderazgo y Trabajo en Equipo y comunicador con más de 20 años de trayectoria en radio.